meritbetmeritroyalbet girişmeritroyal betmadrid betelexusbetelexusbet giriş Chile: ahora más que nunca, Ariel Dorfman | Museo de la Memoria y los Derechos Humanos
Chile: ahora más que nunca, Ariel Dorfman

Ariel Dorfman

Un museo dedicado a la memoria y a los derechos humanos no estaba en la mira de nadie, ni menos era una prioridad, cuando el pueblo chileno logró en 1990, después de casi diecisiete años de dictadura, restaurar la democracia en su país. Tareas más urgentes nos esperaban. Un gobierno militar liderado por el general Augusto Pinochet había regido Chile desde que Salvador Allende, presidente elegido democráticamente, fuera derrocado en 1973. Durante sus años en el poder, el gobierno de Pinochet no solo perpetró brutales violaciones a los derechos humanos –ejecuciones masivas, tortura, exilio, privación de la libertad sin juicio previo, redadas en poblaciones marginales en las que se apresaba a todos los hombres, desnudándolos bajo la lluvia ante la mirada de mujeres y niños–, sino que además eliminó sistemáticamente la evidencia de sus crímenes. Lo hizo con tanta eficacia que en 1990 más del 40% de la población chilena apoyaba aún al régimen saliente y creía que los supuestos horrores de la era Pinochet eran inventos de la propaganda de izquierda. Lo crucial y perentorio para el país, por ende, era establecer los hechos y unir a la nación –incluyendo a muchos de los ilusos partidarios de Pinochet– detrás de un relato fehaciente y definitivo de lo ocurrido.

Esto se logró en 1990 y 1991 a través de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, creada a fin de esclarecer los casos de asesinato y desaparición. Años después, en 2003 y 2011, esta investigación fue profundizada por medio de otras dos comisiones que se ocuparon de los sobrevivientes que habían sido víctimas de torturas (casi 40.000 casos comprobados), a quienes se les ofreció distintas formas de reparación.[i] De manera gradual, los tribunales – vilmente serviles al poder durante la dictadura— encontraron modos de circunvalar las leyes de amnistía de Pinochet que eximían a los funcionarios del Estado del proceso judicial. Los criminales más infames y notorios fueron enviados a prisión, si bien que a una cárcel de lujo construida especialmente para ellos.[ii]

Estos avances, sin embargo, no abordaban un problema perturbador: ¿qué pasaba con los innumerables sitios a lo largo del país donde había reinado el terror y que corrían el riesgo de ser olvidados, borrados o normalizados? Bajo la presión de organizaciones de derechos humanos, muchos de esos lugares obtuvieron protección oficial, designándoselos como parte integral del patrimonio de Chile,[iii] pero fue un proceso azaroso y disperso; pronto quedó claro que la tarea de salvaguardar el pasado debía centralizarse en un sitio permanente donde los logros de esa preservación encontrarían amparo.

Llevó veinte años desde la restauración de la democracia, pero finalmente, en enero de 2010, la presidenta Michelle Bachelet, víctima ella misma de la dictadura (ella y su madre fueron detenidas y torturadas tras la muerte de su padre, un general de la Fuerza Aérea leal a Allende) inauguró en Santiago el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.[iv] El museo debe en gran medida su colección de material de archivo a los esfuerzos de las organizaciones de derechos humanos que registraron los crímenes de los agentes del régimen de Pinochet. La planta baja del museo ofrece un relato detallado y conmovedor del golpe de Estado y de la violencia que lo siguió, pero la exhibición más impresionante aguarda a los visitantes en el segundo piso del majestuoso edificio, donde desde un mirador se observa un mural fotográfico de quince metros de altura. Las 3.197 imágenes que componen el mural representan los rostros de chilenos ejecutados extrajudicialmente por la dictadura cívico-militar, entre ellos 1.102 prisioneros cuyos cuerpos secuestrados permanecen, hasta el día de hoy, desaparecidos y sin sepultura.

El dolor que evoca esta conmemoración de tal catástrofe se ve mitigado por una velatón, un altar compuesto por velas, que arde permanentemente a lo largo del borde interno del mirador. En América Latina es algo ritual levantar altares modestos –flores, velas, suvenires, plegarias escritas– en el lugar donde alguien tuvo un fin violento, y donde los vivos pueden pedir ayuda a las animitas. Esta tradición popular representa justamente el mensaje que un museo dedicado a la memoria busca transmitir: recordar a los asesinados es un modo de mantenerlos de alguna manera vivos, un intento de no dejarlos tan solos en la muerte.

En este caso, la velatón también apunta a recordar a los visitantes las velas que se multiplicaron en las calles de todo el país durante las protestas que sacudieron las bases del régimen, así como las que los chilenos han encendido frente a los centros de detención donde alguna vez estuvieron encerrados sus seres queridos. La galería incluye asimismo una pequeña pantalla digital que, al ingresar el nombre de una víctima, permite que se ilumine la foto de esa persona en el mural, mostrando información acerca del destino que corrió.

Como muchos chilenos que acuden al museo, llevo a cuestas una multitud de mis propios muertos. A cada paso, el museo enfatiza que el sacrificio de las víctimas no fue en vano. En sala tras sala, videos, recortes de diarios, programas de radio, documentos, objetos, artesanías hechas por presos políticos y testimonios personales nos aseguran que la rebelión que costó tantas vidas fue parte de un amplio movimiento de resistencia que finalmente derrotaría a la dictadura de Pinochet. Este indicio de que existe la esperanza – de que hay un significado detrás de tanto dolor y tanta pérdida–, es algo que hay que valorar, puesto que no se logra habitualmente.

Unos días antes había visitado Villa Grimaldi, el centro secreto de tortura y exterminio más deplorablemente célebre de Chile, convertido hoy en un parque dedicado a la paz, y no fue consuelo lo que encontré allí, sino más bien una angustia que apenas supe cómo manejar. Mientras que el Museo de la Memoria brindaba una sensación de seguridad y coherencia, Villa Grimaldi –un lugar donde tantos amigos aullaron y sangraron y suplicaron mientras eran torturados y asesinados, un sitio demoníaco que no es fácil de exorcizar– me hizo confrontar la tragedia de un modo completamente diferente.

Enclavada en la precordillera de los Andes, Villa Grimaldi, una casona del siglo XIX, recibió a muchos artistas, intelectuales y políticos progresistas durante los años de Allende. Sus magníficos terrenos incluían huertos frutales, fuentes de estilo italiano, una piscina y senderos de mosaicos. En 1974 la propiedad fue expropiada por la DINA, la policía secreta de Pinochet, y convertida en un recinto donde, durante un lapso de cuatro años, fueron interrogados y atormentados miles de prisioneros. Las atrocidades de Villa Grimaldi se registraron en forma detallada después del golpe por organizaciones de derechos humanos, en particular por la Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia católica. Esta denuncia y documentación minuciosa de los abusos desde los inicios mismos del gobierno militar –una estrategia de rebeldía que distingue a Chile de otras dictaduras en América Latina y del resto del mundo, donde hubo poco espacio para este tipo de resistencia legal– ayudaría a refutar las mentiras incesantes del régimen.[v]

Pero el tipo de trabajo judicial y de archivos que registró la represión en Villa Grimaldi no pudo salvar sus instalaciones para la posteridad. Poco después del cierre del centro de tortura en 1978, la policía secreta demolió la casa y todas las estructuras de la finca que habían sido utilizadas como salas de tortura. Cuando, muchos años después, agentes inmobiliarios comenzaron a excavar el lugar para construir un complejo de viviendas, asociaciones vecinales y grupos de sobrevivientes protestaron con tanto vigor que el gobierno democrático expropió el terreno. En 1997 se abrió como un parque, con jardines y lagunas y árboles, donde el público podía aprender y reflexionar sobre el pasado.[vi]

Villa Grimaldi se encuentra únicamente a quince cuadras de la casa de Santiago donde mi mujer Angélica y yo pasamos algunos meses cada año, pero hasta este último verano chileno nunca la había visitado. Admiraba los esfuerzos por rescatar un sitio que tantas personas poderosas en Chile quisieron arrasar, y sabía que se había convertido en un sitio donde se congregaban las víctimas y donde se llevaban a cabo conciertos, protestas, puestas teatrales y seminarios, pero no podía vencer mi persistente reticencia a pasar siquiera cerca de ese lugar infernal. Tal negativa estaba reforzada por las palabras de un viejo amigo mío, un insigne pintor que había sido torturado allí (él prefiere no revelar su nombre): “Deberían haberlo dejado como una ruina, en toda su fealdad, y no intentar embellecerlo. Deberíamos dejar que espacios como esos hablen por sí mismos, dejar que hable el silencio, para que las personas puedan absorber sin mediación todo el horror de lo que ocurrió en aquel lugar. Un modo de borrar el pasado es recordarlo en forma incorrecta”.

Son argumentos similares a los que han esgrimido sobrevivientes del Holocausto. A mi amigo le preocupaba que el embellecimiento del lugar hubiera “borrado el pasado” al amortiguar el dolor que suscitan los recuerdos; pero para mí el encanto y la paz de Villa Grimaldi tuvieron más bien el efecto de realzar la desolación. Los maravillosos árboles, los rosedales conmemorativos y las lagunas que reflejaban un cielo muy azul y diáfano volvían mi angustia más aguda a medida que me topaba, en placas, monumentos y carteles, con los nombres de estudiantes a los que había dado clases, de camaradas con los que habíamos estudiado a Hegel y a Fromm, de un director de fotografía con el que había trabajado en un programa de televisión, de hombres y mujeres que habían marchado junto a mí y a Angélica por las calles de Santiago en defensa de la revolución. Pero un nombre en particular seguía apareciendo y ponía a prueba la fortaleza de mi memoria, que había tratado de suprimir tantas pérdidas agobiantes.

Fernando Ortiz Letelier junto a María Luisa Azócar en 1972 — fondo: familia Ortiz Rojas

Fernando Ortiz Letelier se había hecho amigo mío a principios de la década de 1960, cuando yo era un estudiante de literatura de diecinueve años en la Universidad de Chile y él, un profesor de historia veinte años mayor. Durante largas caminatas a lo largo de nuestro campus arbolado, me habló de su investigación pionera sobre las tempranas luchas de los obreros chilenos en pos de justicia y democracia, que crearon las condiciones para una revolución utilizando las urnas, en lugar de la violencia que propugnaban dogmáticamente la mayoría de los marxistas.[vii] Nuestra relación se intensificó cuando Fernando se casó con María Luisa Azócar, una querida amiga de nuestra familia.

No compartíamos los mismos puntos de vista sobre todas las cosas (como comunista convencido, él defendía la invasión soviética de Checoslovaquia, mientras que yo era un admirador ferviente de la Primavera de Praga), pero concordábamos en la necesidad de reformas radicales para terminar con la miseria y la explotación en Chile, y nuestra alianza de hizo aún más sólida durante los tres años del experimento de socialismo democrático de Salvador Allende. Los campesinos se convirtieron en propietarios de su tierra, los obreros administraban sus fábricas, los recursos del país que habían sido saqueados por empresas extranjeras se nacionalizaron y las ganancias se volcaron a la salud y la educación, a los niños se les entregaba a diario y en forma gratuita medio litro de leche en las escuelas, y millones de libros se vendían a precios ínfimos en los kisocos de diarios.

La última vez que vi a Fernando fue en la mañana del golpe de 1973, cuando se dirigía a un grupo de militantes en nuestro campus y proclamaba su fe en la capacidad del pueblo chileno para vencer, otra vez más, la represión que nos esperaba a todos. Y también a él. El 15 de diciembre de 1976 fue secuestrado por agentes de los servicios de inteligencia a tan solo tres cuadras de los terrenos de la universidad donde ambos habíamos soñado tan a menudo con un futuro esplendoroso. Iban a pasar muchos años antes de que se averiguara lo que le había sucedido. Una pista ubicaba a Fernando en Villa Grimaldi, pero después de eso todos los rastros se desvanecían. Se temía que hubiese sido lanzado desde un helicóptero al océano Pacífico, como le había ocurrido a Marta Ugarte, una militante cuyo cuerpo, ahorcado y terriblemente mutilado, había aparecido en una playa arrastrado por las olas en septiembre de 1976.

Esa no había sido el destino de Fernando. En marzo de 2001 un juez anunció que expertos forenses habían identificado fragmentos diminutos de sus huesos y dientes en la excavación de una caverna en las profundidades de Cuesta Barriga, un macizo montañoso cerca de Santiago. Los otros residuos de su cuerpo pulverizado los habían escondido en una ubicación no revelada, como parte de una operación clandestina que ordenó Pinochet para borrar evidencia del asesinato de innumerables disidentes. Conocida como “Retiro de Televisores”, esta operación fue sumamente eficaz para hacer desaparecer los cadáveres de lo que se estima fueron 150 víctimas de secuestro y asesinato.[viii] Fernando Ortiz fue uno de los pocos cuyos escasos restos fueron recuperados y luego enterrados en un funeral simbólico, lo que brindó cierto alivio a su atribulada familia.

Al observar estos acontecimientos desde Estados Unidos, donde había establecido yo mi hogar permanente, también sentí que en cierto modo podía enterrarlo, dejar de obsesionarme con su agonía. Durante algunos años me había estado protegiendo gradualmente del dolor que me ocasionaban las atrocidades del pasado, pero en el proceso había olvidado, en efecto, a Fernando Ortiz. Ahora Villa Grimaldi removía imágenes de mi amigo acosado por insultos y convulsiones. No era así como quería recordarlo.

Me parecía que era yo el único que recorría los jardines de Villa Grimaldi, el único que se lamentaba no solo por la muerte de este amigo y de tantos otros, sino también por la sociedad justa que habíamos querido construir durante los años de Allende. Sentado bajo la belleza incongruente de un árbol centenario, noté que un par de albañiles terminaban la mampostería de una casucha que era la réplica de las instalaciones donde la policía secreta había falsificado alguna vez documentos de identidad y patentes de automóviles. Desde un complejo de viviendas cercano, un niño, tal vez de ocho o nueve años, también miraba por la ventana de su departamento a los hombres que trabajaban en los plácidos jardines. ¿Le habría contado alguien alguna vez la historia de este parque? Mi propio pesar parecía esfumarse en su presencia. Para niños como él se habían rescatado este lugar y otros sitios de la memoria, para que las generaciones futuras puedan comprender que recordar el pasado traumático es esencial para evitar su repetición. Pero desafortunadamente, no es seguro que esta lucha por la memoria resulte exitosa.

Francisco “Pancho” Estévez, el historiador que a los sesenta y tres años ha sido designado hace poco como director del Museo de la Memoria, fue alguna vez un alumno estrella en mis clases en la Universidad de Chile. Durante los años de Allende me ayudó a llevar adelante talleres literarios en poblaciones marginales y a hacer programas culturales para la televisión. Después del golpe, cuando el Ejército tomó la Universidad, fue expulsado, entre otros motivos, por conspirar conmigo para subvertir el orden establecido.

La expulsión no había apagado su ardor revolucionario, como descubrí cuando, en julio de 1975, la resistencia chilena nos pidió a Angélica y a mí que lo hospedáramos en París, donde estábamos exiliados en ese momento. Pancho estaba viajando clandestinamente a un país socialista para recibir seis meses de entrenamiento, y solo disponía de siete días para crear una falsa identidad parisina a fin de enviar a su familia y a su novia en Chile pruebas de que estaba efectivamente pasando medio año en la capital francesa. Tras esa intensa semana perdimos contacto, aunque estábamos seguros de que la treta había funcionado: no tuvimos noticias de que lo hubiesen arrestado a su regreso a Santiago. Luego descubrí que había eludido a la DINA y que desempeñó un papel destacado en el movimiento juvenil contra Pinochet. Cuando Chile volvió a ser una democracia, Estévez lideró una serie de iniciativas educativas en derechos humanos, en particular una campaña para remover varios monumentos que la dictadura había erigido para celebrar sus “logros”, como la “Llama Eterna de la Libertad” que Pinochet había instalado frente al Palacio de la Moneda.

Cuando a fines de febrero visité el Museo de la Memoria, Sebastián Piñera estaba a punto de asumir su mandato como presidente de Chile. Era la segunda vez que su alianza de derecha derrotaba a la coalición de centroizquierda que ha gobernado Chile desde 1990. Piñera, un multimillonario que hizo fortuna gracias a las descomedidas políticas de libre mercado a ultranza de Pinochet, tiene una trayectoria democrática. En un referéndum de 1988, votó en contra de la perpetuación en el poder del General. Pero está rodeado de consejeros y ministros que fueron entusiastas promotores de la dictadura y debe su victoria al apoyo de José Antonio Kast, un defensor populista y neofascista de Pinochet que cuenta con el respaldo de un decisivo 8% del electorado.

La victoria de Piñera ha incentivado el “negacionismo”, la cruzada tenaz de poderosos fanáticos de Pinochet que proclaman que la interpretación del pasado que ofrece el Museo de la Memoria es sesgada y unilateral. Sostienen que el Estado tendría que ser justo con ambos bandos y fundar un “Museo de la Democracia” que brinde un contexto (en otras palabras, una justificación) para el golpe contra Allende y que absuelva a los militares (y a sus cómplices civiles) de la responsabilidad por las barbaridades cometidas en su intento de salvar a la patria del socialismo. A pesar de estas iniciativas, Pancho duda de que pueda haber recortes al presupuesto del museo. Partidos de centroizquierda, por muy fracturados y desorientados que éstos puedan estar, controlan ambas cámaras del Congreso. Y miles de defensores de los derechos humanos han advertido que toda tentativa de debilitar el museo será respondida con protestas callejeras y una ocupación permanente de la explanada frente al edificio.

A veces tengo la impresión de que las lecciones del asalto al poder por neofascistas en Chile se están olvidando en forma acelerada. Numerosos compatriotas míos consideran que han aumentado significativamente los delitos comunes, generando nostalgia por una enérgica vigilancia policial y un orden autoritario que menosprecie los derechos cívicos o individuales. Una ola de inmigrantes, principalmente de Colombia, Perú y Haití, y muchos de ellos negros, ha producido una reacción xenófoba condimentada con llamados a defender la “pureza” de una “raza” chilena mítica.[ix] Quienes proponen el restablecimiento de la pena de muerte han alzado la voz: hombres enmascarados que se las dan de justicieros (integrantes de un grupo rabiosamente homofóbico) colgaron hace poco cuatro maniquíes ahorcados de un puente en Santiago para proclamar cómo el Estado debería proceder con los pedófilos. Y actos de vandalismo por parte de extremistas adventicios y secundarios dentro de un movimiento mayormente pacífico de reivindicación de derechos indígenas han originado demandas de una nueva legislación antiterrorista, a la que demasiados chilenos ven con buenos ojos pese a que evoca el lenguaje y los excesos de la dictadura.

Estévez se mantiene sereno ante este posible giro en el ánimo nacional. Siempre ha visto la batalla por la memoria colectiva como una lucha permanente. A la máxima fundacional del Museo de la Memoria, Nunca Más, le ha agregado un nuevo lema: Ahora, más que nunca. “Si tan solo miramos hacia atrás –me dijo–, no habremos cumplido realmente con nuestra misión. Para eso, es necesario que nos impliquemos en los problemas actuales de Chile y el mundo, en los dilemas que motivan a los jóvenes, sobre todo”.

Todas las muestras transitorias que se despliegan en el museo exploran el pasado conectándose a la vez con crisis actuales. “Secretos de Estado: La historia desclasificada de la dictadura chilena” examina la participación de Estados Unidos en el derrocamiento de Allende y su patrocinio posterior a Pinochet, y simultáneamente advierte a los visitantes sobre los peligros de una sociedad de vigilancia omnipresente.[x] Otra exhibición destaca la resistencia de los sindicatos a las políticas neoliberales de la dictadura, una movilización que puede resurgir si el gobierno de Piñera trata de dar marcha atrás en las reformas de educación, salud y previsión de los gobiernos anteriores. Una tercera muestra cómo miles de residentes de los complejos de departamentos económicos construidos en la Villa San Luis durante la presidencia de Allende fueron obligados a dejar sus viviendas para dar paso a proyectos inmobiliarios de lujo, un episodio que vale la pena recordar en un momento en que se amplía cada vez más la brecha entre la pequeña minoría que ostenta una gran riqueza y el resto del país.

Ese día abandoné el museo inspirado por el tranquilo optimismo de Pancho. Aun así, la visión de ese niño que observaba Villa Grimaldi desde la inconsciente seguridad de su hogar no me abandonaba. Dejando de lado la cuestión de los esfuerzos requeridos para llegar a alguien como él, ¿es justo abrumarlo con una tragedia de la que no es responsable?

Cuando, en busca de una respuesta, volví a visitar una segunda vez a la Villa Grimaldi, observé que un muro que bordea uno de los extremos del parque no estaba cubierto con los nombres de los muertos, sino con mosaicos. Junto con el portón de Villa Grimaldi, es el único elemento de la construcción original que no fue demolido. Ex -detenidos recuerdan vívidamente ese muro. Tropezando, hambrientos y con los ojos vendados, golpeados y humillados, habían sido arrojados como basura contra el muro de mosaicos donde habían encontrado, para su alivio y sorpresa, un refugio fresco frente al calor insoportable del verano chileno. Años más tarde, muchos de ellos pudieron confirmar que en efecto habían estado detenidos en Villa Grimaldi porque sus manos reconocieron la textura de ese muro.

Puse la mano donde las suyas habían tocado esos azulejos, donde quizás los dedos de Fernando dejaron su huella alguna tarde desesperada. Quizás algún día el niño del edificio vecino colocaría también aquí las manos, se convertiría en un eslabón más en la cadena de comunión y memoria, reclamaría la herencia que nunca debemos olvidar, ahora más que nunca.

 

Compartimos este artículo con el permiso expreso de Review, Revista de Libros, Argentina. | Publicado originalmente por The New York Review of Books. | Traducción: Leonel Livchits © Ariel Dorfman, 2018.

 

Ariel Dorfman es profesor distinguido emérito de Literatura en la Universidad de Duke. Es el autor de La Muerte y la Doncella y otras obras montadas en más de cien países. Entre sus muchos libros, traducidos a cincuenta idiomas, se desatacan recientemente las novelas, Allegro y Darwin’s Ghosts.

[i] Los informes de las Comisiones Valech 1 y 2 se pueden consultar en bibliotecadigital.indh.cl/handle/123456789/185 y bibliotecadigital.indh.cl/handle/123456789/600.

[ii] Entre los numerosos libros de la psicóloga chilena Elizabeth Lira y el historiador estadounidense Brian Loveman que echan luz sobre la compleja historia de memoria y reconciliación en Chile, hay dos que son indispensables para comprender los desafíos que enfrenta el país desde 1990: El espejismo de la reconciliación política (LOM, 2002) y Políticas de reparación. Chile 1990-2004 (LOM, 2005).

[iii] Véase Patrimonio de la Memoria de los derechos humanos en Chile (sitios de memoria protegidos como monumentos nacionales, 1996-2016), Santiago de Chile, publicado por el gobierno chileno en 2017, y la reseña de Alexander Wilde de Narrow but Endlessly Deep: The Struggle for Memorialization in Chile since the Transition to Democracy, de Peter Read y Marivic Wyndham (Australian National UP, 2016), en The Public Historian, vol. 40, Nº 1, febrero de 2018.

[iv] Para una descripción del museo sala por sala, véase web.museodelamemoria.cl/exposicion-permanente/.

[v] Véanse los tres volúmenes de Chile. La memoria prohibida editados por Eugenio Ahumada y otros, Pehuén, 1989 y Los archivos del cardenal. Casos reales, editado por Andrea Insunza y Javier Ortega, Catalonia, 2011.

[vi] Dos de las obras más importantes sobre el tema son Gabriel Salazar, Villa Grimaldi, LOM, 2013 y Parque por la Paz Villa Grimaldi, una deuda con nosotros mismos, escrito y diseñado por los mismos sobrevivientes, publicado en 2013 por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo. Véase también la descripción que hace de su visita a Villa Grimaldi Michael Lazzara en Chile in Transition: The Poetics and Politics of Memory, University Press of Florida, 2006.

[vii] Véase Fernando Ortiz Letelier, El movimiento obrero en Chile (1891-1919), su tesis doctoral de 1956, publicada póstumamente en 1985 por Michay en Madrid y reimpresa por LOM en Santiago en 2005.

[viii] Los “televisores” eran los cuerpos de los ejecutados, que eran “retirados” de los lugares donde se los había escondido.

[ix] Véase mi comentario: “A Lesson on Immigration from Pablo Neruda” [Una lección sobre migración de Pablo Neruda] en The New York Times, 21 de febrero de 2018.

[x] Peter Kornbluth, el curador de la muestra que se terminó el 18 de marzo, es autor de The Pinochet File. A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability [El archivo Pinochet. Un expediente desclasificado sobre atrocidad y responsabilidad] (New Press, 2003), el libro definitivo sobre la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de Chile.

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