meritbetmeritroyalbet girişmeritroyal betmadrid betelexusbetelexusbet giriş Columna de Carlos Peña sobre Zigmunt Bauman (1925-2017) | Museo de la Memoria y los Derechos Humanos
Columna de Carlos Peña sobre Zigmunt Bauman (1925-2017)

La siguiente columna fue publicada en el diario EL Mercurio el 10 de enero 2017

Ayer lunes murió Zigmunt Bauman, uno de los intelectuales (es difícil decir si fue sociólogo o filósofo) que más contribuyeron a la comprensión de la vida contemporánea. Tenía ya más de noventa años, pero su obra, mucha de la cual escribió a los 70 u 80 muestra que su inteligencia le permitía el asombro de quien se asoma recién al mundo.

La vida actual, dijo Bauman, no es la de la modernidad industrial, regimentada y predecible, con clases sociales, vínculos firmes y preferencias culturales que orienten casi toda la trayectoria vital y permitan predecirla, sino que la nuestra es una modernidad líquida: en ella las condiciones de la acción humana cambian antes de que se consoliden en roles y hábitos determinados. Es una vida desanclada. En ella incluso la naturaleza humana pierde su fuerza orientadora. Si en la modernidad industrial los hombres y las mujeres se encontraban con formas que prefiguraban el comportamiento (y que se transmitían mediante el sistema escolar, los grupos de pertenencia y la cultura pública) hoy, en la modernidad líquida, las formas de actuar de las personas envejecen rápidamente, pronto se vuelven obsoletas y lo que hoy es una virtud mañana será una desventaja o un vicio, como si la sociabilidad fuera un ámbito acuoso que se derramara y cuyo curso y cuyos límites fueran imposibles de predecir.

En la modernidad líquida, la vida se vuelve incierta, permanentemente amenazada por la sombra del futuro cuya velocidad, tememos es mucho más rápida que la capacidad siquiera de imaginarla. En la vida líquida hay mayor bienestar, acceso a la información y a los bienes, pero al mismo tiempo una intensa sensación de que mañana se podría estar a la intemperie. Vivimos, ejemplificó Bauman, como si camináramos sobre hielo, como si la única forma de mantenernos en pie y avanzar fuera la de ir cada vez más rápido, dando un paso lo más pronto posible, antes de que el desequilibrio llegue. A los modernos no les está permitido el descanso: la vida líquida es un braceo permanente (¿Acaso no es todo eso lo que les ocurre hoy, según muestran las encuestas, a los chilenos y chilenas?).

La modernidad líquida (esta mezcla de capitalismo, mediatización total de la cultura y globalización) no está cercada ni contenida por el Estado nacional y la política que en él se desenvuelve. A diferencia de lo que ocurrió con la primera modernidad, explica Bauman, la modernidad líquida se desparrama por todos los intersticios de la globalización, de manera que casi con prescindencia de las formas de vida idiosincrásicas o locales, la liquidez de la vida parece ir invadiéndolo todo.

El resultado de esos procesos, observó, eran la creciente inseguridad como la clave de la vida contemporánea, que arriesga el peligro de transformarse en miedo al otro, el extravío de los vínculos que favorecen la solidaridad y daban siquiera la ilusión de que no estábamos solos, el estímulo de la libertad individual, pero al mismo tiempo la producción de un hastío que la amenaza la condena al consumo permanente como manera de una también permanente búsqueda de satisfacción; la pérdida de capacidad de la política para configurar la vida que los seres humanos tienen en común; la exclusión social que la dinámica del capitalismo produce ya no tiene un “afuera” donde situarse, sino que ella está en el interior de la sociedad que la produce; y la producción en serie -predijo con notable precisión- de los refugiados.

En los cincuenta libros que escribió, Zigmunt Bauman describió con imaginación de sociólogo, sensibilidad de novelista y audacia de filósofo las vicisitudes y características de la vida contemporánea, y al hacerlo no pudo evitar constatar una multitud de sombras. Pero él siempre poseyó un optimismo irredento, la convicción de que los seres humanos son seres esperanzados. Y ese tipo de seres no enmudecen frente a lo que simplemente es. En cambio, le piden a la realidad cuentas por no estar a la altura de su esperanza.

Quizá ese sea todo el sentido de la espléndida obra de Bauman.

CARLOS PEÑA

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