El velorio que nunca se realizó | Museo de la Memoria y los Derechos Humanos
El velorio que nunca se realizó

“El Velorio del Ángel”, un ritual lleno de simbolismos fúnebres, fue la tercera performance de la serie In-Situ que la artista Janet Toro desarrolla en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Una jornada única, que si bien duró tres horas, parte de la obra estará expuesta al público hasta el 15 de noviembre y el público podrá interactuar con ella.

En un trono blanco -en referencia al Señor de los Cielos- estaba sentada Janet Toro. Con unos hilos de algodón afirmados con sus manos, muy similar a unas raíces: hebras que parecían ser nexos expansivos y lazos con su tío detenido desaparecido en Operación Colombo. Este familiar que Janet llevaba internado en su pecho con una fotografía, contrastaba y se repetía con los cientos de retratos que permanentemente se encuentran en el museo; unas fotografías que se camuflan en un telón de fondo que impacta, conmueve y se relaciona directamente con su propuesta.

De pronto, de un envoltorio con forma de ataúd se desenvolvieron unas alas que a los pocos segundos, adornarían la espalda de la artista. Mientras una franja de tela blanca colgaba desde el techo y tapaba su rostro. Las flores, un elemento pagano que busca honrar la memoria de los difuntos a través de la ofrenda -muy clásico en estos ritos- no quedaron atrás, pues unas rosas blancas desprendidas de sus pétalos, se esparcían por el suelo.

En la pared frontal a la muestra, podíamos leer el siguiente enunciado “Tradicionalmente, los asistentes en vez de expresar sus condolencias, se acercan a un paño con flecos; sobre el ataúd, hacen un nudo y piden un deseo. En esperanza que este se vaya al cielo con el angelito (difunto). En los lugares más pobres hay una cajita con hilos.” La artista se encarnaba en un ángel e invitaba al público a interactuar con la obra desplegando sus deseos guardados en un nudo imaginario.

Rápidamente una mujer agarra el hilo, con intención en la oración. El público murmuraba, y a ratos se sentía la atmósfera que existe en los velorios tradicionales, donde los asistentes reflexionan, observan e interactúan entre ellos. El hecho se repetía, en silencio la gente se aproximaba a los hilos para hacer un nudo, que la artista simbólicamente podría llevar al cielo, pues esta se personificaba en un ángel. Una escena digna del realismo mágico latinoamericano, donde Janet Toro personificaba un velorio que probablemente nunca llegó y es consecuente de un duelo no superado.  Los deseos, la pena y el eterno luto se mezclaban con la ambiente del lugar construyendo una escena diáfana, mágica y nostálgica.

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