meritbetmeritroyalbet girişmeritroyal betmadrid betelexusbetelexusbet giriş Odette Magnet recuerda a su hermana Cecilia secuestrados en 1976 | Museo de la Memoria y los Derechos Humanos
Odette Magnet recuerda a su hermana Cecilia secuestrados en 1976

Odette Magnet

Buenas tardes,

Me han pedido que diga unas palabras hoy. Mi primera reflexión fue que debía declinar la invitación. Si ya lo he dicho todo, está todo en Internet, mis columnas, mis presentaciones, mis cartas, pensé. Pero estoy acá porque también es cierto que el todo nunca será suficiente si tenemos como punto de llegada el Nunca Más. Porque a las familias de los detenidos desaparecidos -donde quiera que se encuentren- lo único que nos queda como herramientas eficaces son la voz clara, la memoria fresca y el amor porfiado.
Con el solo dolor no basta. Además, lo que no es poco, se debe tener la voluntad de saber y el coraje de recordar. El ejercicio siempre duele aunque lo hayamos hecho mil veces, el gesto de retomar es valioso y valiente, y constituye la forma más noble de honrar los nombres y las vidas de nuestros caídos.
Aunque parezca increíble, no son pocos los que aún se resisten, los que se niegan a creer. O hay otros que aún sólo entienden la realidad de los detenidos-desaparecidos como “un drama familiar”, y no de país. Entonces no tenemos opción y debemos volver a contar, a escribir, una y otra vez, con el riesgo de que nos acusen de habernos quedado “pegados en el tema”. Pero hay un riesgo mucho más grave, porque, como tan lúcidamente dijo Estela Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, “lo que no se juzga se repite”.
Mi hermana María Cecilia, socióloga, ex estudiante de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, y su marido, Guillermo Tamburini, médico argentino, fueron secuestrados del departamento de la calle Córdoba 3386, cuarto piso, en Buenos Aires, en la madrugada del 16 de julio de 1976. Ella tenía 27 años. El, 32.
Tuvieron que pasar 40 años para que pudiéramos aproximarnos a algo parecido a la verdad y la justicia. El 27 de mayo de 2016, al cierre del juicio Plan Cóndor, Humberto José Román Lobaiza (de 89 años) y Felipe Jorge Alespeiti (de 87), fueron los únicos dos imputados en el secuestro y desaparición de mi hermana. El primero fue condenado a 18 años de presidio y, el segundo, a doce. Ambos ya cumplían arresto domiciliario por otros crímenes de lesa humanidad y ninguno de los dos, claro, reconoció nunca responsabilidad alguna.
Humberto Lobaiza era -para la fecha del secuestro – coronel de ejército. Se jubiló en 1980.
Felipe Alespeiti fue juzgado en el año 2009 por 107 secuestros y desapariciones. En julio de 1976 era teniente coronel de ejército, jefe del Regimiento de Infantería I Patricio y, como tal, jefe del Area II de la subzona Capital Federal. Se retiró del ejército argentino en mayo de 1977. Murió en julio pasado.
Mis padres también murieron, con la clásica pregunta anidada en el alma, que retumbó siempre con la misma fuerza. ¿Dónde están? Yo me niego a correr la misma suerte. La respuesta a esa pregunta me persigue todos los días con un eco ensordecedor.
En esta búsqueda, qué duda cabe, hemos sido majaderos. Lo hemos repetido hasta el cansancio: la herida no cierra. No cierra por decreto ni con indulto. No cierra con un punto final ni con el olvido. No cierra. Ni siquiera con solo desearlo. Paradojalmente, es esa herida la que nos une, en ella nos reconocemos.
Pese a las décadas transcurridas, las réplicas de tanto sufrimiento acumulado aún se sienten en cada país. En Chile, el tema de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura ha incomodado, con bemoles, siempre a los gobiernos de turno. Un asunto complejo, como se dice ahora, que huele a conflicto, difícil de abordar y resolver. Con cada día que pasa, va cayendo en el ranking nacional, rayando en la invisibilidad. No somos pocos los que nos hemos sentido solitarios en nuestra causa, en nuestra pérdida irreparable.
Las frustraciones también se acumulan. Las mesas de diálogo que fueron un engaño, las comisiones que no arrojaron los resultados esperados, las cárceles especiales para los militares condenados, los expedientes que languidecen en los tribunales y se sobreseen por inercia. Cuando el dolor no se expulsa como la leche agria, la mirada se vuelve opaca y la boca amarga. Nada bueno puede salir del abrazo sin cerrar, la plegaria ignorada, el duelo prohibido.
Mueren las madres y los padres de los detenidos desaparecidos con su dolor, y los asesinos con su silencio. No nos queda más que aspirar a que los derechos humanos sean una materia que algún día se enseñe en todos los colegios del país (en conjunto con historia y filosofía). O confiamos en que algún caso connotado de barbarie local sea recordado en un informe especial de televisión, en horario prime y en alta definición.
Cada uno, a su manera, lucha contra los molinos de viento. Hay noches en que el insomnio me agobia pero, después de una eternidad, el nuevo día se abre paso. Y, entonces, la vida parece posible y nos vestimos con la esperanza, como si ella fuese una tabla en medio del naufragio.
Soy una mujer colmada de incertezas, pero de algo no tengo duda. Ustedes, los desaparecidos que recordamos hoy, y tantos otros dentro y fuera de Chile, no han sido olvidados. Ninguno de ustedes. Queremos que sepan que sólo sus fotografías se han teñido de sepia. El resto, lo recordamos todo, con la voz clara, la memoria fresca y el amor porfiado, recién paridos, como si fuese ayer.
Muchas gracias.
Septiembre 12 de 2019

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